sábado, marzo 15, 2008

San Francisco de Mostazal

Como es mi costumbre visitar "El Cantar De La Lluvia" cuando tengo ganas de disfrutar un buen relato, hoy me encontré con un nuevo tema: San Francisco de Mostazal que me trajo algunos recuerdos.

En el liceo, en primero y segundo medio habían 10 cursos: 2ºA, B, C, D, E, F, G, H, I y J, que luego fueron segregados por área: matemático-físico (3º y 4ºs A y B), biológo (C), humanistas (ahí eran varios, porque se acostumbraba creer que eran más fáciles).

Con mi viejo amigo Jorge fuimos compañeros ya en tercero y cuarto medio, pero mantuvo su amistad con Vicente, su compañero de primero y segundo, y por simpatía e intereses comunes, terminamos siendo amigos los tres.

Un día cualquiera, Jorge y Vicente llegaron tarde al colegio. Como no les permitieron entrar, por estar atrasados, se les ocurrió la genialidad de hacer la cimarra, tomar el metrotrén, y partir rumbo a San Francisco de Mostazal, en ese tiempo pueblo perteneciente a la VI región. Viajar tan lejos era algo equivalente a decir que fueron a la pampa, o a la frontera, o más lejos aún... era una osadía tremenda hacer la cimarra para este grupo de nerds que sólo conocían los laboratorios de física o química, y que siempre estaban en la biblioteca estudiando más allá de las materias que nos entregaban los profesores. De más está decir que ese día me aburrí como ostra.

Cuando salí de clases, ellos estaban agotados pero extasiados por la aventura. Poco me contaron de San Francisco de Mostazal, que caminaron hacia unos cerros un par de horas, pero lo destacable era haber cruzado la frontera dentro de la mañana en tren.

Por el año 1995, en un día de invierno, y tentado de ir a conocer San Francisco durante dos años, llamé a Jorge y le propuse ir allá, a la frontera, ir en tren pero quedarnos en carpa. "¡estai más huevón, son las 7 de la tarde, vamos a llegar de noche!"

yo: "¿y?"

"ya, vamos no más" fue su respuesta.

Como iríamos a una gran aventura, tomamos un par de radios de banda ciudadana: un handy y una base que sólo tenía AM. Una batería de moto, un poco de cable, y la antena de la TV que estaba en mi dormitorio. Le avisé a mi hermano que pusiera la radio que quedó en la casa en el canal 38 por si lográbamos comunicarnos. ¡Con esto haremos historia!

Tomé de la alacena de mi madre lo que consideré necesario: un tarro de jurel tipo salmón, unos cuantos panes, un sobre de sopa, una ollita chica, una taza y tenedor, cuchara y cuchillo. Como siempre llevé una botella con agua potable. "¡qué eres cínico!", así que fui conminado a comprar en el supermercado lo realmente importante: varias latas de cerveza.

Todo a la mochila, tomar la micro, y luego el Metrotrén. En ese tiempo el servicio de Metrotrén no era lo de hoy. Los carros eran anticuados, sucios, con esos asientos que tienen un respaldo que es posible cambiar de posición, y lo más entretenido: con pisaderas permanentemente abiertas.

Mientras íbamos en el tren fuimos testigos de como se oscurecía. Ya cuando pasamos el sector de Angostura de Paine comenzamos a buscar en la oscuridad las siluetas de los cerros o algo en el terreno que nos permitiera tener una idea de donde armaríamos el campamento.

Finalmente llegamos a San Francisco de Mostazal. La boletería ya estaba cerrada y no había vuelta atrás.

"¿viste los cerros al otro lado del río?"
"ehm... si"
"vámonos por la línea del tren hasta que lleguemos a un lugar donde podamos cruzarlo"
"ehm... ya"

Y así hicimos. Había 3 líneas de ferrocarril. Nos fuimos caminando por la línea del tren que se notaba en desuso, con sentido norte para llegar al punto que Jorge aseguraba era posible cruzar el río. De pronto noté que se me había soltado el cordón de una zapatilla, así que me agaché a anudármelo, pero por precaución, salí de la línea. Jorge instintivamente copió mi movimiento, y ambos salimos de la línea... me aprestaba a anudar el cordón cuando de pronto pasa un tren a toda velocidad justamente por la línea que estaba en desuso. No lo sentimos no lo escuchamos ni lo vimos. "¡uuuuhhhh huevón, de la que nos salvamos por tu zapatilla!".

Caminamos interminables kilómetros, yo con varios kilos de peso en la mochila: llevaba la carpa, el saco de dormir, el agua, las cervezas, las dos radios, un tarro de jurel y algo de pan). Jorge llevaba en su espalda su saco de dormir, un rifle a postones, hartas cervezas, la batería de la moto, y algunos cachureos extra.

Vimos una zona abierta hacia el poniente donde estaba en río y al fondo la silueta de los cerros. Nos entusiasmamos al ver en medio de la noche el objetivo, así que apuramos el paso. Comenzamos a cruzar unos potreros vacíos a través de unas huellas de animales, cruzamos alambradas, más potremos, más alambradas, hasta que, al saltar una almbrada, caí a un pantano. Quedé con medio cuerpo hundido y traté de salir, pero me resultaba imposible porque no tocaba fondo y comenzaba a hundirme más a cada movimiento. "¡¡¡Joooorge!!!". Él se tiró de guata y me sacó afuera tirando de mi mochila.

Uffff.... van dos salvadas. Mejor fumémonos un cigarro y razonemos las alternativas.

"Veamos: acá el río es más ancho, por tanto, nos costará menos cruzarlo por ser menos profundo"
"No huevón, cuando veníamos en el tren yo ví donde era más ancho que esto, así que sigamos"

Lamento haberle hecho caso.

Así seguimos otro tanto hasta llegar al punto donde el río pasa por abajo del puente del tren. Era más angosto, más torrentoso, y más profundo. Aunque de esto último nos dimos cuenta cuando ya estábamos en la mitad, con las mochilas sobre nuestras cabezas, pisando piedras resbalosas, y haciendo todo lo posible por no perder el equilibrio con la corriente.

Por suerte llegamos al otro lado. Tercer obstáculo superado.

Eran ya las 12 de la noche, o 1 de la madrugada, en pleno invierno, estábamos completamente mojados, pero al menos cruzar el río había servido para quitarme el barro negro putrefacto que me había ganado al caer al pantano. El consuelo era que aún teníamos los sacos de dormir secos.
Había que buscar pronto donde armar las carpas.

"sigamos por aquí"
"no huevón, por acá, mira que allá hay una casa"
"¿donde?"
"putas, no sé, por allá veo algo"
"estai loco"

Efectivamente había visto la silueta de una casa, pero jorge insitía con que fuéramos en esa dirección. Al llegar a escasos metros de la casa, preferimos salir lo más rápido posible del terreno para evitar ser expulsados a escopetazos. El río había socavado parte de la tierra fértil de la huerta que tenía esa casa, huerta de la que nos dimos cuenta ya cuando habíamos pisado gran parte de las líneas de siembra. La única forma de salir rápido de ahí era saltar los 3 o 4 metros nuevamente hacia la cuenca del río. Afortunadamente había algo de tierra ahí, así que esta vez quedamos enterrados hasta las rodillas "solamente"

Cuarto obstáculo superado.

Así emprendimos la subida al cerro que siempre fue nuestro objetivo. Encontramos una huella que nos guió hasta una parte "algo" más plana para poder armar la carpa. Yo me encargué del armado y Jorge de recolectar leña para la fogata. Insito: era pleno invierno, así que conseguir leña seca fue prácticamente imposible.

"¿andai con la bencina de tu encendedor?"
"déjame revisar"

¿Mencioné que no teníamos linterna, y que la única forma de alumbranos fue mi encendedor?

Por suerte heché una botellita de bencina blanca y logramos encender una fogata.

Pusimos en la ollita el agua potable que cargué durante todos esos kilómetros para preparar una sopa caliente. Tardó más de lo que hubiera querido, la sopa quedó pésima con algunos granos de arroz duros, pero al menos conseguimos recuperar temperatura.

Jorge se sacó las botas y las puso a secar cerca de la fogata. Cuando al terminar su sopa las tomó para ver si se habían secado algo, los cordones se habían quemado: ¡ahora tendría que volver con unas botas de milico sin cordones!

"¿querí una cerveza?"
"estai más huevón, estoy cagado de frío"

Al parecer las cervezas sólo fueron a pasear a San Francisco de Mostazal.

Al otro día, temprano, quedaba aprox. un litro de agua. Pensamos en un café, pero no llevábamos nada, y voler a San Francisco resultaba poco alentador, puesto que implicaba el término de la salida. Miramos las cervezas y luego el reloj: o era demasiado temprano para estar bebiendo, o no quisimos siquiera pensar en la posibilidad de ingerir alcohol con el estómago vacío.

De pronto, de la nada, aparece un huaso: "ehuhammm cumpaj agua"
Nos miramos con asombro, pero no por las palabras extrañas que aquel personaje emitida, sino por lo insólito de encontrarnos con una persona en ese lugar tan alejado.

Seguimos su mirada que apuntaba directamente a la botella con agua.

"¿quiere agua?"
Solamente asintió con su cabeza.

Uno de nosotros le pasó la botella, mientras el otro buscaba una taza plástica para que pudiera beber, pero tardamos más tiempo del que tardó este personaje en engullir -directamente de la botella- un litro.

"Gracias"
Claro... ahora que nos dejó sin agua se le entendieron todas sus palabras.

No recuerdo como fue la elección, pero fue Jorge quien salió en busca de agua para beber, y como no era nuestra intención regresar, simplemente siguió el sendero que ascendía el cerro donde acampamos. Llevó el handy y yo me quedé con la radio base. Conecté la salida de la radio a la antena de TV con un picante cable paralelo. ¡y funcionaba!

Jorge se perdió por una hora, tal vez más. Cada 5 minutos aproximadamente él se reportaba por radio, aunque breve porque debíamos ahorrar batería.

De pronto escucho "me acerco a la casa de un amigable".

Al rato: "el amigable me invitó una sopita" entonces como yo estaba cagado de hambre y sed a un par de cerros de distancia, le recordé su misión: "trae agua, huevón".

Unos 15 minutos después lo llamé por radio, él me contestó con un tono diferente, con una modulación un tanto más traposa: "jeje... jiji... el amigable me convidó un pipeño para acompañar la cazuela"

Y yo esperando solamente agua.

Así que le pedí indicaciones, tomé la mochila con la radio adentro, y me encaminé con rumbo donde estaba Jorge.

Después de caminar un rato llegué donde don Adán. Un viejo ermitaño que vivía de la venta del carbón que él mismo preparaba. Nos contó un poco de su vida, que no veía a su hija hacía años, etc.

Como a Jorge le había convidado de su pipeño, don Adán me ofreció un cigarro de tabaco propio. Tomó entre sus toscos dedos agrietados un poco de tabaco, lo trituró y depositó sobre un pequeño papel que luego enrolló y me entregó. Como acostumbro puse el cigarro en mi boca y lo prendí con mi encendedor, pero al ser un cigarro hecho de tabaco suelto sin comprimir, salió una tremenda llama que me quemó el pelo, algo de pestañas, y un poco de cejas.

Cerca de donde don Adán tenía su ruca había una vertiente que vivida agua cristalina. Aprovechamos de hidratarnos, creo que don Adán le facilitó unos cordones viejos a Jorge para que solucionara el problema de sus botas, comimos algo, y finalmente le dejamos las cervezas en señal de agradecimiento.

Don Adán, agradecido de la visita y de la compañía nos invitó a que fuéramos a acampar cuando quisiéramos, pero que fuéramos donde él, que aprovecháramos de armar la carpa bajo la sombra de un enorme quillay que estaba en "su patio", no donde habíamos pernoctado esa noche porque "ese es camino de animales, y las bestias pasan por encima de donde sea". Por suerte no nos pasó una vaca.

Un abrazo de despedida a don Adán y emprendimos el regreso. Subimos un cerro, luego otro, llegamos al "campamento", levantamos la carpa, cargamos las mochilas y seguimos. De pronto Jorge me muestra un lazo enterrado al lado del camino para cazar conejos: "jaja. ¿te imaginai que te enredís con uno de esos en la pata? te vai de hocico al suelo considerando la pendiente del terreno y el peso de la mochila". Dicho esto, pasaron no más de dos minutos donde yo iba adelante y siento un tremendo PAF! detrás mío jajaja... Como si se hubiera tratado de una profecía, mi amigo Jorge cazó su pie con otro huachi.

Llegamos al río, pero esta vez lo cruzamos en una parte más ancha y menos profunda. Caminamos por entre los potreros que sorteamos la noche anterior, llegamos al cruce de la linea del tren, pero continuamos una cuadra más allá, cosa de caminar sobre vereda pavimentada hasta la estación del tren. Estábamos exhaustos.

Ya cuando arribamos a la estación de San Bernardo inmediatamente encendí la radio y llamé a mi hermano "Atento Eduardo Vikingo... Atento Eduardo Vikingo" bastaron dos llamados para que se alcanzara a escuchar -entre mucha interferencia- "Adelante... acá Eduardo Vikingo". La gente ahí presente miraba a este par de engendros raros con cautela, con una desconfianza propia de quien ve a un extraterrestre cubierto de barro, tierra, con mochilas de las cuales salen antenas y un micrófono, que hablan con algún desconocido tal vez en algún otro planeta. Aunque no nos había resultado para nada comunicarnos desde la VI región con el escueto equipamiento técnico, al menos si nos permitió establecer un enlace de comunicación de 7 kms con una radio básica dentro de una mochila, lo cual significaba todo un logro, considerando que en ese época los celulares eran algo tan desconocido como hoy resultaría un teléfono virtual interestelar holográfico al estilo R2D2.

Un breve reporte con mi hermano y a tomar la micro que nos llevaría a casa. Guardamos la antena, el micrófono, apagamos la radio contentos de todos los logros conseguidos, giramos hacia la salida , y en un escaño de la estación estaba nuestro amigo Vicente acompañado de su padre, quienes sorprendidos, no creían todo lo que les contábamos.

0 comentarios: