martes, diciembre 23, 2008

Investigaciones con Pólvora

Hace muuuchos años, cuando estaba en la enseñanza media, estuve buscando la forma de hacer pólvora. Muchas horas de investigación en la biblioteca, buscando en libros de química y de historia. Si niños, en mis tiempos de escolar hacíamos las tareas sin internet, en cuadernillos de hojas de matemática, con lápiz y a mano.

El primer año me resultó pólvora negra: carbón, salitre y azufre. Compré una bolsa de carbón y 1 kg de salitre. Me conseguí una licuadora antigua con mi abuela, así que estuve varios días reduciendo a fino polvo las bolitas de salitre y los trozos de carbón. Afortunadamente el azufre ya viene en polvo.

Luego, con la ayuda del almacenero de la esquina, me conseguí una balanza electrónica: 987 grs. de esto, tantos gramos de esto otro, y la proporción final otros gramos del tercer componente. Ya a esas alturas mi compañero y amigo Jorge se había sumado, aportando cantidades similares de materias primas. ¡Ese año fabricamos alrededor de 10 kg de pólvora negra!

Almacenamos todo en tarros de leche Nido con tapa metálica y comenzamos la fabricación de conos en yeso (de hasta 30 cms de alto). Llenamos con la pólvora elaborada, hicimos mechas, cientos de pruebas, pero nuestra pólvora no era explosiva, sino que lanzaba grandes cantidades de gases pestilentes, y nuestros "volcanes" servían de seudo lanzallamas.

Al año siguiente, previa investigación, averiguamos que también se puede fabricar pólvora super-hiper-ultra explosiva con Clorato de Potasio. Fui a una droguería a comprar: "¿trajo la autorización de la DGMN?"

Mierda! El Clorato de Potasio es un producto químico regulado por los milicos, y sólo los profesores de química, a través de la dirección del colegio pueden solicitar tal autorización para tener en sus laboratorios. Y en cantidades restringidas.

Efectivamente nuestro liceo tenía aprox. 1 kg de este polvo mágico en sus estantes. No contaré los detalles, pero gracias a las coincidencias del destino ese frasco estuvo a nuestro alcance durante 5 segundos y terminó en mi espalda dentro de la mochila.

Comenzaron las pruebas

17 años después no recuerdo las proporciones, pero si tengo claro que estábamos en un proceso de aprendizaje empírico: "Héchale una puntita del lápiz bic de esto y mézclalo con media puntita de lápiz de esto otro... ¿y si le hechamos magnesio en polvo?"

Claro! El magnesio en polvo era el compuesto activo de los flashes fotográficos de 1800. Veamos...

Poníamos un poquito de polvo sobre una superficie lisa y una piedra encima: un seco golpe generaba el poder equivalente a 10 clásicas chispitas.
¿Y si probamos más? Ya, una punta completa de lápiz bic, pero en mi casa.

Sobre una placa de cemento puse la cantidad propuesta, una piedra plana encima, pero no me atreví a golpearla con el pie, así que tomé un camote de unos 2 kg, subí al techo de la casa, apunté y solté el piedrón (sin perderlo de vista). Casi en cámara lenta vi como la piedra avanzó producto de la gravedad los 3 mts que la separaban del suelo hasta estrellarse contra la carga explosiva. El camote se partió en dos, y entonces fui testigo de como el polvo alrededor salió expulsado producto de la onda expansiva, un fuerte booom y rápidamente la pieda que sirvió de fulminante se elevó en línea recta más allá del techo de la casa, sintiendo como rozó mi frente en su loca carrera.

Obviamente salió mi madre pidiendo explicaciones. Algo le conté de mi "proyecto de ciencias", pero no le dije que la cajita que tenía en mi bolsillo (de unos 5 x 5 x 3 cms) estaba completamente cargada de un explosivo de alta potencia.

Las primera explosión

El padre de mi amigo Jorge tenía una pistola a gas comprimido (co2). A Jorge y Vicente, mis inseparables amigos de investigación, se les ocurrió usar uno de esos cilindros de gas vació para hacer una granada con mi pólvora. Con la pólvora negra del año anterior, Vicente fabricó un par de metros de mecha necesarios para activar esta granada y tener tiempo suficiente de escapar.

Vicente invitó a su vecino y la probaron en su casa, aunque tomaron como precaución resguardarlo poniéndole encima un lavatorio metálico. El resultado: un lavatorio lanzado a varios metros del punto de detonación, deformado y perforado.

La segunda y última explosión

A la salida de clases, ya casi finalizando el año, como era costumbre, íbamos varios compañeros caminando hacia el centro de san bernardo a tomar la micro para llegar a nuestras casas. Uno de mis compañeros, un semi-tecno de la época vestido con una mochila de pertrechos y botas militares se interesó por nuestros avances en explosivos. Hizo algunas preguntas de la potencia, capacidad, etc. Nos pidió una demostración.

Tomé media punta de lápiz, la puse en la esquina, tomamos una piedra y boom. "¡yo quiero, yo quiero". Gajardo no se aguantó y pidió una carga de una punta completa. Vimos que andaba con botas, así que no se quemaría el pantalón ni los calcetines (ya nos había pasado).

Me agaché, abrí la cajita y me disponía a disponer la cantidad acordada. Gajardo tenía la piedra-fulminante en su mano, pero también se agachó y me arrebató la cajita donde aún quedaban decenas de "tapas de lápiz" de la pólvora con clorato de potasio y magnesio. "pasa huevón, es demasiado", "nooo, si no pasa nah" diciendo esto vació completamente la pólvora sobre la vereda y puso la piedra-fulminante encima. Sabíamos que Gajardo era carerraja, y no se iba a detener, lo habíamos visto en clase pelear, copiar, hacer bromas pesadas, y hasta fugarse del colegio sin asco.

Salimos corriendo todos y nos alejamos aproximadamente 40 mts. Al darnos vuelta para mirar la gran explosión que tendría lugar, vimos como Guajardo se aprestaba a saltar sobre el fulminante. Un gran estallido desplazó mucho polvo hacia los lados, el pasto se movió al son de la onda expansiva, y nuestro Guajardo saltó por los aires, elevándose 1 metro más o menos sobre el suelo. Cayó de poto y sólo gritaba. Nos acercamos a verlo, nos pedía que le sacáramos las botas (así hicimos) y descalzo metió ambas patas a la acequia que ahí había. ¡Que Alivio!

La fuerza de la explosión quebró en múltiples trozos el fulminante, la planta de la bota de milico se partió en dos justo al medio, y por ahí entró el calor que le quemaba a Guajardo el pie cuando hizo estallar una cantidad excesiva de nuestra pólvora.

1 comentarios:

Karen dijo...

Que buena historia Octavio...;-)

Cr*Cr